sábado, 31 de enero de 2026

Historiando lo que nunca fue (2)


Al muy apreciado amigo Lemuel Gulliver

para satisfacción de su justificado interés 

por la secuencia de esta historia de lo que nunca fue.

 

Elaborar la brujería herética: El triángulo crítico

Íbamos por la novedad de cómo producir en serie gente bruja con fuerte sabor a herejía. Recordemos: este último requisito –el ‘sabor a herejía manifiesto’– puso el papa Alejandro IV (Accusatus, 1258), para permitir a los inquisidores de la fe ocuparse de delitos menores, como la brujería o magia, el mal de ojo y otros maleficios, adivinaciones, sortilegios y demás categorías de superstición. El papa no negó que en el mundo cristiano existiesen brujos herejes o brujerías heréticas, era cuestión de demostrarlas. Pero la avidez de los inquisidores les llevó a más: dar con la fórmula ideal para poder lanzar cacerías a lo grande, con mayor rendimiento.

Aunque desde el principio los inquisidores fueron mayormente dominicos, es significativo que el primer documento-aviso de Alejandro IV iba dirigido a los franciscanos. Por lo visto, aunque eran menos en el Santo Oficio, anduvieron más listos en organizar su inquisición de forma rentable, incluso con mentalidad empresarial. No por casualidad, la orden del poverello San Francisco de Asís se ocupó también de reconducir la usura y meterla en vereda cristiana, con la invención de los ‘montes de piedad’ y los minicréditos por san Bernardino de Feltre y otros del cordón. Y, a propósito: el mismo Alejandro también avisó que los inquisidores, no distrajeran su precioso tiempo persiguiendo a usureros, si no era herejes manifiestos.

Pero no nos distraigamos nosotros, y volvamos a la cocina frailuna. En teoría, la receta buscada era muy simple. Basta combinar tres conceptos, como indica el diagrama triangular: 

– ¡Será una broma!…  

– Sólo según se mire. Ya digo que estamos en modo teórico; y si el papel lo aguanta todo, como dicen, la teoría aguante eso y mucho más. Nuestro fraile demonólogo no ha comenzado todavía su verdadera labor. Sólo guisa conceptos, por ahora. Los suyos, no los nuestros, aunque las palabras sigan siendo las mismas: brujería – herejía – diabolismo. Por abreviar, nosotros damos por bueno que ellos las tomaban en su sentido del lenguaje ordinario.


 1. Brujería. Brujería y magia son lo mismo. De hecho, en la época que nos ocupa en torno a 1500, se habló de ‘brujimagia’. [2] Magia significa el arte o ciencia de los magos, casta de Persia con aristócratas sabios, como aquellos ‘orientales’ que se presentaron en Jerusalén preguntando por el nacido ‘Rey de los Judíos’, según la saga recibida en el evangelio según Mateo (3: 12). La brujería era una forma de magia vulgar, indocta, aprendida sin libros ni razones. De ahí la distinción, que hoy dirían ‘machista’: la magia, cosa de hombres; brujería, de mujeres. Los efectos brujimágicos, a efectos prácticos, se dividen en buenos (magia blanca) y malos (nigromancia, maleficios). Desde el punto de vista legal y penal, los maleficios han sido más importantes, por su peligrosidad.

2. Herejía. De su primer significado en griego, ‘elección’ o preferencia, pasó al peyorativo de ‘posición falsa’ o heterodoxia, que en la Edad Media ensanchó su campo semántico prodigiosamente. Así fue que la brujería se atribuyó y asimiló a varias herejías (cátaros, valdenses etc.), que nada tenían que ver, ni con ella, ni entre sí. Ya con esto, los inquisidores tomaban pie para ocuparse de brujos. 

3. Diabolismo. Equivalente a satanismo y afín a demonismo; palabras modernas todas ellas, como tantos -ismos. Sus referentes, demonio, diablo y satán, aparecen en la Biblia, aunque no con el mismo valor en uno y otro testamento. La Biblia Hebrea apenas tiene voz equivalente al griego demonio, tan familiar en los Evangelios como nombre común. En cambio utiliza satán, traducido más como diablo al griego y conservado en latín. En cuanto a los significados respectivos:

Demonio calca el griego daimónion (δαιμόνιον, ‘ente demoníaco’), derivado de daímon (δαίμων, -ονος), calcable también como demon. En la Biblia, los demonios son ángeles rebeldes, dedicados al mal.

Satán. Palabra hebrea, que en el Testamento Viejo aparece como nombre común, en contextos negativos de malquerencia verbal o violencia física. No es necesariamente un demonio: incluso el ‘Ángel de Yahweh’ se presenta alguna vez como satán vengador. [4] Las versiones al griego lo entienden como malsín, delator, acusador, adversario, agresor etc. El Nuevo Testamento emplea igualmente diablo, unas veces como sinónimo de demonio, pero otras como equivalente de Satán o Satanás, ya definitivamente como nombre propio del Demonio principal o ‘Príncipe de los demonios’.

Diablo calca el griego diábolos (διάβολος, calumniador, malsín). En el Testamento viejo es la versión más usada del hebreo satán. En el nuevo, es el tentador, pero también Satanás, como el personaje rival de Dios.

En el esquema tripartito que contemplamos, el elemento diabólico es fundamental como cierre del círculo para obtener una magia herética productiva. ¿Cómo? Entrando el mago en contacto y pacto con el Diablo, quid pro quo.  ¿Esa pacto es herético? No siempre. Puede serlo por la naturaleza de la contraprestación humana; por ejemplo, entrega del alma (renuncia a la salvación), o apostasía de la religión católica y homenaje y culto al demonio. Pero aun sin eso, también depende del modo de abordar el trato. Si el pactante humano se dirige al demonio en tono imperioso y sin respeto, no se percibe sabor de herejía. En cambio, tratarlo con cortesía, zalamerías, o peor, con sumisión, mirándole de abajo arriba, es por lo menos sospechoso. Ojo, pues, que si en esta guisa nos sorprende un inquisidor, seguro que nos busca las vueltas de cordel en la ‘cuestión de tormento’.


A la brujería por acumulación. Brujas de diseño

La acumulación en denuncias y procesos penales es hoy práctica de recibo, con garantías legales, pero en el pasado lo fue mucho más y a la brava: 

«El asesino de doña Fulana tiene que ser Mengano, con quien ya tuvo palabras a cuenta de ciertos reales y maravedises que ella le reclamaba, no sin antes haber el susodicho abusado de la hija de una sobrina suya; y, amén de eso, él sin duda fue el que robó las gallinas de doña Zutana, como este declarante denunció ser voz común en su día, y desde entonces el acusado le mira mal…» 

   Los demonólogos inquisidores de los siglos XIV-XV hilaban más fino. Además, en su fase creativa, todavía no buscaban pruebas de hecho, sino de derecho: condimentos varios, para que el buscado delito de brujería nueva tuviese carácter demoníaco y fuerte sabor a herejía en el paladar más exigente.


 

       La popularidad del concepto acumulativo de brujería data de unas cuatro décadas, cuando Brian P. Levack lo propuso como explicación de la cacería masiva de brujas por Europa a lo largo de 300 años, desde 1450 a 1750. Su libro, The witch-hunt in early modern Europe (1987), con varias ediciones en inglés y múltiples traducciones –en español, La caza de brujas en la Europa Moderna, Alianza, 1995– tuvo tal éxito, que mucha gente piensa que tal concepto es suyo, cuando tiene un siglo y cuarto, desde que lo nombró como de pasada el gran investigador pionero y documentalista del fenómeno, Joseph Hansen (1900 y 1901). El autor lo definía así (1900):

«Concepto mixto, cuyos elementos son: maleficio, bruja, traslaciones, relación sexual entre humanos y demonios, veneración del diablo en el Sabbat nocturno. Elementos, por lo demás, difundidos en ámbitos grecorromanos, judeo orientales y celta germánicos, recibidos por la Iglesia cristiana», con especial mención de san Agustín.


En cuanto al origen o foco de dispersión del concepto, Hansen lo situaba con acierto en el área de los Alpes, «donde las autoridades civiles lo reciben en toda su amplitud». Así daba a entender que, en la caza de brujas, hubo más colaboración que pugna entre inquisición y autoridades locales, civil y diocesana. La justicia seglar no sólo cumplía su papel de brazo ejecutor de la Iglesia en lo penal, sino que, frente a las demasías de algunos inquisidores, los gobernantes alegaban con razón su derecho y deber de castigar delitos con supuestos efectos civiles (como los maleficios en general), y más todavía los calificados de lesa majestad. Era notorio que en procesos por brujería y cazas de brujas, el brazo seglar solía ser  más duro que el eclesiástico, salvo casos de inquisidores abusones y sanguinarios.

Demos ahora un vistazo a cómo funcionaba la creación acumulativa de la nueva brujería. Partiendo del esquema triangular, y de la conexión Bruja-Diablo, para obtener el resultado apetecido, Herejía, la nueva brujería diabolo-herética era la ecuación de un polinomio de atributos delictivos, abierto a la inventiva del demonólogo, pues estamos en fase de ‘ingeniería teológica’ con modelos varios en competencia de mercado, pero que en sustancia se plasmaron en cinco (el orden, al gusto):

Pacto + Conyugio (o Sexo) + Vuelo + Aquelarre + Maleficio

Lo cual, a efecto de diagrama intuitivo, nos invita a usar el pentáculo inscrito en un círculo. Su interior representa el espacio del Diablo, y el exterior inmediato, el mundo de las brujas (que diría Caro). Los vértices del pentáculo serían las vías de interacción diablo-bruja, de donde resultan los cinco caracteres acumulativos. Para imagen del diablo, elegimos la gárgola famosa de Notre-Dame de París, sugerente del cazador al acecho, para perdición de las almas incautas.



El Diablo funda su Iglesia

Ahora nos damos cuenta, de qué va la nueva brujería. No es un ‘tú a tú’ entre el individuo y su demonio. Es una nueva realidad social en la sombra. Una religión organizada. Una iglesia con vocación de multitudes: la contra-Iglesia de Satanás

Ya dos siglos antes, el gran papa Inocencio III despedía el XII con una bula pesimista desde el título (Vergentis in senium, 1199), donde sin remilgos  hablaba de «el mundo que se hace viejo y ya huele a podrido», todo por culpa de los herejes cátaros. Ahora en el XV, al final de la Edad Media, la nueva brujería demoníaca anunciaba que el viejo agoniza. Era la hora apocalíptica del Diablo a la desesperada, en su última oportunidad… Esto suena trágico, y en la retórica cristiana del momento, lo era. Se repetía desde los púlpitos al aire libre, y el gentío se santiguaba llorando, entre abrazos y golpes de pecho. Pero mientras tanto, cada mañana seguía amaneciendo, como en los días prístinos de la creación, y vaya usted a saber. Como protestaba el pequeñín de la casa, en su inocencia: «¡Jo!, que ni se muere agüela, ni cenamos». Retóricas aparte, los inquisidores a lo suyo, como si les quedara una eternidad por delante. 

Un repaso a los cinco caracteres acumulados como figuras de delito, y terminamos. Pero eso ha de ser, Dios mediante, en la próxima entrada.

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Notas:

[1]  Martín del Río tituló Disquisiciones mágicas su enciclopedia sobre todo lo que hoy llamamos ‘ocultismo’, incluida la brujería. Tras breve introducción sobre la magia en general y sus clases (libro I), pasa directamente a la Magia demoníaca (libro II), donde incluye la brujería demoníaca. Por cierto, en español deberíamos decir magía (o maguía), como en latín măgīa, tomado del griego μαγεία.

[2] En su relación con lo religioso, la ‘magia blanca’’ se llamó teúrgia (o teurgía, en griego, ‘obra divina’), y su contraria, goetia (o goetía, de γοητεία, arte del γόης, -ητος, encantador; literalmente, ‘quejumbroso’, que musita con voz lastimera)

[3] Para el DRAE no son sinónimos: Demonismo, m. Creencia en el demonio u otros seres maléficos. Diabolismo, m. Carácter o comportamiento diabólico (‖ perteneciente al diablo). Satanismo, m. Culto a Satanás. Esta última acepción es la más próxima al fenómeno que estudiamos.

[4] Caso típico, en la leyenda de Job, el satán que comparece en la corte de Dios como funcionario inquisidor  que recorre el mundo fiscalizando conductas. En la saga de Balaam y su encuentro con el ángel de Yahweh (Números, 22), éste se presenta como el satán que, espada en mano, le cierra el camino, y menos mal que su burra le vió primero y se apartó, salvándole la vida. Henry A. Kelly (2o17), en estudio exhaustivo convincente, concluye que el sentido propio de satán es el verdugo (de Dios) o ministro de justicia; cfr. su Satan in the Bible, God’s Minister of Justice.

[5]  Hansen, J. (1901) , Quellen und Untersuchungen zur Geschichte des Hexenwahns und der Hexenverfolgung im Mittelalter, p. 416 y p. 445. Se ve que el autor elaboraba el concepto por entonces, pues un año antes no hablaba de Cumulativ-, sino de Kollektivbegrif ‘Hexe’; cfr. ídem (1900), Zauberwahn, Inquisition und Hexenprozess im Mittelalter und die Entstehung der grossen Hexenverfolgung, Introducción, cap. 1, p. 1.






lunes, 19 de enero de 2026

Historiando lo que nunca fue



      

El encargo literario personal que me legó el  maestro Gustav Henningsen (1934-2023) ha sido agridulce, aunque para mis hombros nada ligero, era lo previsible. Uno de los primeros efectos de mi compromiso, desde que puse mano al arado en las páginas blancas de Antes de Zugarramurdi, fue el espaciamiento en las entradas de este blog, hasta la suspensión sine die desde marzo de 1922. [1]

 Por fin respiro. Respiro, y hasta diría que duermo mejor, si esto fuera posible; porque dormir a gusto suele ser mi alternativa ordinaria a la vigilia. Pero bueno. Este año pasado (2025), en que empezó a correr el V Centenario –que todavía corre (2026)– de la primera caza de brujas en la misma Navarra famosa de Zugarramurdi, la Universidad Pública del antiguo Reino (UPNA) me hacía el honor de publicar, como Nº 2 de su cuidada ‘Colección Henningsen’, mi libro-homenaje al gran sabio y gran persona. El danés hispanista hispanizado Gustavo Henningsen, figura mundial en la investigación de un fenómeno histórico-antropológico de primera magnitud: la invención de una brujería satánica virulenta, como pandemia moral para ensombrecer los siglos XV-XVII. 

Cumplido el compromiso con el maestro y la editorial, es tiempo de probar fuerzas en el blog. Aquí me siento más en casa, para escribir lo que me parece, sin ciertas trabas o autocensuras de corrección académica. Y para entrenarme, qué mejor tabla que comentar algunos puntos de lo publicado, a propuesta de algunos amigos lectores. Pues bien, casi todos coinciden en manifestar su sorpresa, no tanto por la caza de brujas en sí, como por la calidad de las piezas y trofeos de tal caza, veamos:  

– Mujeres: hijas de Eva, víctimas de su sexo, apetecible para los demonios, que por otra parte detestan la homosexualidad, según dicen los entendidos. 

– Mujerzuelas (mulierculae), por su pasión carnal dadas a su demonio, poseídas por él como meretrices suyas en la esperanza de buen estipendio. Pido disculpas por la expresión malsonante, mujerzuelas, no mía: la que usan los clásicos de la materia a troche y moche, como el Martillo de brujas. Mi antifeminismo no da para tanto.[2]

– Instrumentalizadas por su galán y rufián demoníaco, que las dota de poderes para todo maleficio contra individuos, familias, pueblos y regiones de la cristiandad.. 

– Iniciadas por el Diablo en una nueva secta proselitista, a modo de contra Iglesia, en la que profesan con renuncia de Dios, de la Virgen y del bautismo, para servir al Diablo, en cuya religión ellas se sienten, realizan y empoderan como mujeres principales.

– Como devotus femineus sexus, no pierden aquelarre, con su función o misa negra oficiada por el Diablo. Allí le dan la paz besándole el trasero, le adoran al alzar una hostia negra –«Akerra gora!... Akerra bera!» («¡Cabrón arriba!... ¡Cabrón abajo!»)–; luego comulgan en el banquete caníbal y coprofágico y, como acción de gracias, proceden a la orgía sexual promiscua. Cierra el programa un ‘capítulo de culpas’, con la confesión pública de todo el mal no hecho, y propósito de enmienda para el próximo encuentro, so pena de azotes y abstinencia sexual para las que no cumplan. 

– Al aquelarre acuden las brujas y vuelven en viaje aéreo ultraligero, a menudo cubriendo distancias inmensas en un santiamén, sin ser vistas de nadie. Aunque a veces también, estando ellas indispuestas o con gana de dormir, y el Diablo conforme, asisten y oyen la misa negra desde la cama, con todo lo demás, en el escenario gris cerúleo de los sueños. 

– Todo ello, con permiso de Dios (pues eso faltaba), para los fines inescrutables de su divina providencia.


«Pero, Belosti, estos garabatos pintan un cuadro tan poco creíble para el mundo real, como absurdo en el orden moral y reñido con la ortodoxia que los inquisidores aseguraban defender»: eso me dicen. Totalmente de acuerdo, por ahí podemos empezar, preguntando:


¿Pero hubo alguna vez vez demonios para tanta bruja?

(Lo que antes apuntaba: esta parodia-homenaje a Jardiel Poncela no se busque en el índice del libro. Allí se toca el mismo tema, pero en otro diapasón  y bajo otra cabecera.) 

Lo que hace que esto de la brujomanía demoníaca se nos atragante, es el salto atrás a la superstición más oscura, a la superstición más oscurantista, justo cuando Europa pegaba el gran salto cultural a la Edad Moderna. Y lo que estomaga, es que ese oscurantismo vino impulsada por la Iglesia Católica Romana con todo el peso de su autoridad, precisamente en una etapa de pretendida regeneración de sí misma, in capite et in membris, «en la cabeza y en los miembros», por este orden. Un santo y seña más programático que sincero, hay que decirlo. 

¿Qué tuvo que ver un ideal tan serio, con algo tan ridículo como la demonización de la brujería, y de la mujer con ella? O, si se prefiere, ¿qué tuvo que ver la mala conciencia de un clero varonil en horas bajas, con su promoción del bulo conspiranoico de una contra-Iglesia de Satanás con mayoría de mujeres? El proceso es algo complicado –vamos a verlo–, pero el mecanismo lo podemos adelantar, porque es de lo más vulgar y corriente. Se trata del principio sociológico de ‘intereses creados’, con sus corolarios de equívoco, distracción, pánico y huida hacia adelante.[3] Esa constante de la corrupción política funciona, ayer como hoy, siempre igual en todas partes. (Fácil comprobarlo: a cualquier hora lo dan por algún caño de la masmedia.) 


Contra herejía, Inquisición, y más Inquisición

Históricamente, la brujería demoníaca, como base de una figura de delito herético de lo más grave, fue ideada y elaborada por agentes nada secretos de la llamada ‘inquisición papal delegada contra la herética pravedad’. Esta forma nueva de inquisición fue creada por el papa Gregorio IX (1227-1241) con su bula Excommunicamus (‘Excomulgamos’, 1231), como el instrumento definitivo para acabar con la ‘herejía’, tipificada en su tiempo por la secta de los albigenses o cátaros (= puros) de Occitania, afines a los antiguos maniqueos, y a su avatar de entonces, los  bogomilos de países eslavos.

El mismo nombre, inquisición, se refería al procedimiento procesal en que los los jueces, aun sin mediar acusación ni denuncia, actuaban de oficio, a modo de fiscales, bastando el rumor o fama de herejía para abrir pesquisa y pronunciar sentencia. Si esta era de muerte, su ejecución se traspasaba a la jurisdicción civil – lo que se llamaba asépticamente, relajación del reo al brazo seglar.

Para reclutar sus inquisidores papales, Gregorio se fijó en las dos nuevas órdenes en expansión –franciscano y dominicos–, sobre todo en los segundos, cuyo fundador Domingo de Guzmán había demostrado buena mano en ganarse a herejes cátaros, empezando por mujeres de la secta.[4

Gregorio IX, de nombre Hugolino de los Condes de Segni, llevaba el mismo apellido que su tío paterno Lotario, que fue el papa Inocencio III (1198-1216). Ambos, con Honorio III (1216-1227), formaron el trío papal creador de la Inquisición, como remedio cada vez más enérgico contra aquellos herejes escurridizos. El predecesor de los tres, Celestino III (1191-1198), con sus métodos persuasivos blandos –predicación, amonestación, debates–, había fracasado. Sus misioneros eran monjes de la orden del Císter, anticuados, poseídos de su papel y con poco mundo fuera de sus abadías.  

Inocencio pensó que bien estaba la zanahoria celestina, pero sin el palo, era gasto perdido. Y para mover a las autoridades locales remisas, discurrió que los obispos nombren jueces inquisidores especiales contra la herejía, declarada crimen de lesa majestad, castigada con la muerte o la cárcel perpetua, confiscación e infamia. Pero ni con toda la crudeza procesal y penal, incluido el tormento, tampoco esta inquisición episcopal dio el resultado apetecido. Cada tribunal iba por su lado –los que iban–, y a los hombres de gobierno local les parecía locura molestar a unos vasallos, todo lo herejes que se quiera, pero gente tranquila, discreta, frugal y laboriosa. Contribuyentes por encima de la media y, por si algo les faltaba, se sabían el Evangelio de memoria, mejor que muchos clérigos, y vivían con más religión y decoro: ¿por qué no dejarles en paz, y allá su conciencia?

Pues no. El siguiente paso fue la inquisición papal que hemos dicho, con inquisidores al frente de distritos en paralelo con las circunscripciones eclesiásticas, y cierta unidad de acción, al menos teórica. 

Pero eran tiempos de cruzadas, y ya veinte años atrás el fogoso Inocencio III, aparte de una inquisición en toda regla, maquinaba una guerra santa ‘contra los herejes’, pero empezando por los los grandes señores que les amparaban, encabezados por el conde Ramón VI de Tolosa. 

En enero de 1208, uno de los legados papales cistercienses, el exaltado Pedro de Castelnau, fue invitado por el conde en San Gil, con otros señores, a negociar la relación con los herejes. La discusión subió de tono, hasta que el legado la cortó despidiéndose con las peores amenazas espirituales antes de irse a dormir en una posada. Se dijo, y es creíble, que el ofendido Ramón le avisó  que fuese con cuidado, no tuviese un mal encuentro en su camino. A la mañana siguiente, 15 de enero, cuando Castelnau con su séquito se disponía a cruzar el Ródano, un hierro mortal le atravesó la espalda. Se dijo que el herido tuvo tiempo de volverse para perdonar a su agresor, en el que habría reconocido a un criado del conde de Tolosa. También se dijo que el conde gratifico al asesino con esplendidez, y que hasta lo paseó en público a su lado como un héroe. Y más que se siguió diciendo, como sucede en estos casos. 

La buena crítica ve poco probable que el anfitrión diera tal paso en falso, que tampoco iba con su carácter. Castelnau se había hecho demasiados enemigos, herejes, pero también y sobre todo católicos. Aquel Pedro malencarado y altivo, siempre con el entredicho en la gola, dejando a pueblos enteros, justos con pecadores, sin toque de campanas, sin misa ni sacramentos, los curas en el paro y sus feligreses como perros, de la muerte a la sepultura… ¿Quién mató a Castelnau? 

Traer a cuento la regla del beneficiario (el ‘cui prodest’), ni se nos ocurra. A Inocencio el crimen le vino pintiparado para su plan de guerra. Declaró mártir a su legado –aunque parece que no llegó a canonizarle–; su verdugo, el conde de Tolosa, quién, si no. Y sin más trámite, el papa declaró su inédita ‘cruzada’ albigense (1209-1229; 1229-1244), larguísima  y cruenta como ninguna de las cruzadas propiamente dichas.[5]

En casi todas las empresas humanas, una cosa es el proyecto y objetivo de la cabeza pensante, otra el resultado en manos de ejecutores con sus ideas y fines propios. Así, en la cruzada albigenses, la garantía del papa aseguró la salvación eterna de  los voluntarios caídos y resultó mortal para la secta, oficialmente aniquilada en su último baluarte de Montsegur (1244); pero al mismo tiempo, la condición humana transformó a mesnadas de cruzados en bestias feroces y aves de rapiña, y a sus capitanes en depredadores de estados, de modo que una región próspera y enamorada de la vida cayó en hosca miseria, de la que tardaría en recuperarse. 

En la Inquisición sucedió lo mismo. Que los inquisidores ganaron  muchas almas para el cielo, no entra en discusión; como también hubo fallos humanos. El oficio de inquisidor era goloso para muchos frailes que se aburrían perimetrados en el convento. Imagínese  a uno de estos, de pronto afortunado tenedor de un breve papal y una patente del Santo Oficio. Ayer, bostezando en el coro y sopeando en el refectorio. Hoy, con sus ínfulas, su independencia y libertad de movimiento, su mundo y su cohorte de subalternos. Sin olvidar su salario, unido al depósito y venta de bienes confiscados, más otras prebendas. Añádase –o no se excluya del todo, por principio– el morbo de dirigir la tortura de cuerpos humanos semidesnudos, de un sexo y del otro, para cotejo. Los hubo que entendieron el negocio inquisitorial con mentalidad de empresa. Eran la admiración y envidia de sus hermanos de hábito sin oficio ni beneficio, entre los que ellos se hacían clientela de votos en capítulo, para nombrar o ser nombrados priores o provinciales.

En todo caso, organismos como la Inquisición, o como las propias órdenes mendicantes, son autorreferentes, de tendencia autopoiética.[6] Tras una etapa de ajuste y equilibrio, el desarrollo invasivo se convierte en su razón de ser, como en los tumores, mientras haya recursos


Brujimagia para inquisidores. El ‘sabor a herejía’

Esta última condición es limitante, y por tanto esencial: los recursos. Ahora bien, la Inquisición se creó contra la herejía –cualquier herejía–, pero nada más. ¿Y la brujería con sus sortilegios y  maleficios? Perseguir magos, adivinos y hechiceros de prestigio podía rendir tanto, y seguro que más que asar herejes de poco pelo. O por lo menos, ampliar ganancias. Además, se creía que en estas supersticiones andaba por medio el diablo. Algunos inquisidores se aventuraron en este terreno, con una dedicación a tiempo completo que no gustó al papa. Solo un cuarto de siglo tenía el Santo Oficio, cuando Alejandro IV decretó:

«Dado que el negocio de la fe (el más privilegiado que existe) no debe ser estorbado por otras ocupaciones, los inquisidores de la peste herética diputados por la Sede Apostólica no deben inmiscuirse en cosa de adivinaciones o sortilegios, a menos que tengan manifiesto  sabor a herejía. Como tampoco deben ellos castigar a los que tales cosas practican, sino dejar que sean sus jueces propios quienes les castiguen».

«A menos que …» El inciso en cursiva admitía la posibilidad de pactos con el demonio, que podían incluir herejía y apostasía. Pues claro que sí. Como lo que el maligno propuso a Cristo en su tercera tentación, y fue rechazado con el vade retro: «Todo esto te daré, si cayendo de bruces  me adoras.» (Mateo, 4: 9). Imaginamos a los inquisidores leyendo la reserva del papa con sonrisa picaresca. «Conque sabor a herejía… Traed acá el condimento infernal y sazonemos a voleo, hasta que la brujería demoníaca le apeste al Padre Santo a cuerno quemado.» 

Aquel dichoso ‘a menos que’ dio un vuelco a la brujería y la magia tradicionales. He aquí a los padres inquisidores convertidos en demonólogos. Caso por caso, los maleficios mortíferos se fueron demonizando a lo largo del siglo XIV. Para los demonios, las ofertas de empleo se multiplicaron de forma exponencial. Pero no fue hasta el XV cuando las estadísticas de paro demoníaco cayeron a mínimos. Hacia 1430 –tomemos nota de esta fecha simbólica–, se vendía por cierta la existencia de un brujerío demoníaco totalmente nuevo, organizado como secta con infinitos adeptos por toda la cristiandad. Mujeres en su mayoría. Tan peligrosas, que incluso un siglo después, en pleno estallido de la reforma protestante, los teóricos de la Inquisición mantenían que «la herejía de las brujas demoníacas era mucho peor que la de Lutero». 

Cómo se llegó a este prodigio de ingeniería teologal, se dirá en el siguiente capítulo.

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Notas:

1.  Alargándose el trabajo principal, pensé que ‘Belosticalle’ estaría muerto y sepultado. Para mi sorpresa, no ha sido así, de creer al contador visitas, que no ha cesado de marcar un ritmo estable –aun descontada la embestida de máquinas ‘visitadoras’, que antes también se producía, por mi renuencia a poner trabas a lectores, curiosos y comentaristas.

2. Traduzco ‘mujerzuelas’, y no mujercillas o mujercitas, porque el tono despectivo es ostensible en los textos a que me refiero. Mujercitas no sirve, porque muchas veces se trata expresamente de mujeres adultas o ancianas. Por ejemplo, el autor del Martillo, a propósito de sus maléficas o brujas, dice: «como hemos sabido por sus confesiones, y estoy hablando de mujerzuelas quemadas, …» (Parte 1, Cuest. 2. Bourgeat, 1, p. 13). Mackay, en su cuidada traducción inglesa, prefiere ser más neutral: «as we have learned from the confession of these women (I am speaking of womenfolk burned…» (“y estoy hablando de mujerío quemado”) (The Hammer of Witches, 2009, pp. 102-103). Su versión muliercula, -ae > womenfolk (= mujerío) es sistemática. Más atinado me suena el equivalente ‘locuelas’ –«the mulierculae, or ‘foolish little women’»–, según Austin Powell, a propósito de unas beatas devotas de un fraile en una comedia latina del siglo XV, en Mendicants and the Urban Mediterranean, c.1200–1500,  J. P. Heyne y A. Powell (eds.), Routledge, 2025, p. 97.

3. Los intereses creados (1907), comedia de Jacinto Benavente, en el estilo de la commedia dell’arte italiana. Para muchos, la obra más importante o recordada del prolífico dramaturgo, Premio Nobel de Literatura (1922). El DRAE define intereses creados, m. pl. «Ventajas, no siempre legítimas, de que gozan varios individuos, y por efecto de las cuales se establece entre ellos alguna solidaridad circunstancial que puede oponerse a alguna obra de justicia o de mejoramiento social.»  Úsase también (o más bien)  en sentido peyorativo. El inglés, más gráfico, dice  vested interest(s).

4. El primer inquisidor de nombramiento papal para Alemania nórdica fue Conrado de Marburgo en 1227, o sea, avant la lettre. Los frailes franciscanos, orden protegida del mismo papa cuando era cardenal, tuvieron su buena parte del pastel. Y no es verdad que santo Domingo de Guzmán fue el primer inquisidor general, ni aun quitando lo de primero y lo de general, pues ni tal cargo existía, ni el fundador de los dominicos anduvo metido en procesos.  La razón de preferir a los mendicantes para el ‘santo oficio’ fue su red expansiva y ubicua  de conventos y su vocación de vida activa y contacto popular, en contraste con los monjes contemplativos, como los de la orden del Císter, que frente a los escurridizos herejes cátaros no acertaron, ni como misioneros predicadores bajo el papa Celestino III (1191-1198), ni como promotores de una inquisición episcopal especial, ordenada por su sucesor Inocencio III (1203). 

5. En el santoral, Pedro de Castelnau figura sólo como ‘beato’ de culto inmemorial, y eso por decreto de Pío IX, con derecho a fiesta en varias diócesis provenzales y en la orden de san Bernardo (cistercienses, trapenses). 

6.  Son características típicas de los organismos vivos, pero se dan en otros sistemas. Autorreferente: ‘todo para el convento’; autopoyético: ‘yo me lo guiso, yo me lo como, a cuenta ajena’ (definiciones aproximadas).’